sábado, 1 de diciembre de 2012

Una mañana cualquiera



Era el domingo 24 de octubre del 2009, aproximadamente las dos de la tarde. Dentro de unas horas se jugaba el clásico del fútbol peruano: Alianza Lima versus Universitario de Deportes. Los barristas enardecidos desfilaban amenazantes por las calles de Lima. Mientras, María Vargas Ortiz se despedía de su familia para reunirse con sus amigas. Un grupo de barristas se dirigen al estadio causando desorden y robos. María Vargas se subió a una couster, y por esas cosas del destino, ellos también. Ella murió arrojada del carro por los delincuentes. Ya no importaba que un balón entre un arco. La fiebre del fútbol acabó con una vida.

No era un domingo cualquiera para María. Ese día vería, después de mucho tiempo, a sus amigos del colegio. Cómplices de travesuras y tareas, María y sus amigas planearon esta reunión desde hace tres meses. Cuándo María se despertó ese día,  tenía el domingo una reunión con sus amigas del colegio.

La despedida con sus padres esa mañana fue tan normal como las puestas de sol que vio María en toda su vida. Eran las 11 de la mañana y debía partir a casa de su amiga, le esperaba un almuerzo con personas que dejó de ver mucho tiempo. Paola siempre fue puntual, según cuentan sus amigos de la universidad.

Aquel domingo se jugaba un clásico lleno de emociones. Los archirrivales se verían una vez más los caras y desatarían una guerra sana con una pelota (esto quedo sobre papel, claro). Desde temprano se podía sentir el ambiente futbolero: Los señores en las esquinas rodeando los puestos de periódicos, conversaciones familiares sobre las preferencias de los equipos, los clásicos almuerzos familiares para disfrutar de un partido que hace vibrar a todo un país.

Paola caminaba a su paradero a tomar la combi que la dirigiría a su destino. Subió con seguridad a una combi. Nunca se lo imagino. Total, lo hacía todos los días para ir a la universidad, a su casa o a cualquier otro lugar, como cualquier otro “buen” limeño. La combi cruzaba el distrito de Ate y María miraba la ventana con tranquilidad. Estaba cerca del lugar fatal momento.

Era cerca de la una de la tarde y el ambiente se encendía más en Lima. De pronto, una turba de jóvenes causan temor en las calles. Cual gorilas salidos de una jaula, los individuos cruzaban gritando aliento a su equipo y corriendo como ardillas. Decidieron tomar una combi.

Paola veía como la combi iba quedando vacía, ella quería pensar que no pasaba nada a pesar de haberse dado cuenta de la turba de pandilleros que había afuera. Ella creía que la combi estaba resguardado por el cobrador y era el lugar más seguro en el que podía estar. En ese momento, vio que un grupo de jóvenes subiría al carro y sus manos temblaron como si la muerte le halla querido dar una sacudida para que reaccione.

Los sujetos se sentaron y empezarona insultar a María. El cobrador, bien, gracias. María quiso bajar de la combi. Definitivamente una mala decisión. Uno de los cobardes, a uno que le decían “Bolon”, quiso jalarle la cartera y la empujó. Tal vez jamás olvidaría ese momento, eso significó años de prisión privado de su libertad.

María yacía tirada en el suelo. Estar ese momento en la combi hubiera sido muy incómodo. Los barristas reaccionaron rápido. No llamaron al 101. “Le metieron primera”, como le dicen. En otras palabras, corrieron como si se tratare de una carrera pedestre. En dos minutos ya no se les divisaba en plena avenida. El cobrador y el chofer estaban espantados. Aun así, no huyeron. Eso sí, no se sabe si se quedaron por la combi o por María.


Las barras bravas son las organizaciones de delincuentes que encuentran en el fútbol una justificación para ejercer actos vandálicos. Estos supuestos seguidores se organizan en diferentes puntos de la capital para dirigirse al estadio donde juega su equipo, causando desorden en las calles. En el camino los barristas roban y asaltan a los transeúntes. No se trata pues de un grupo de disciplinados seguidores que sólo quieren alentar al equipo de sus amores.
Después de diez minutos, en medio del caos vial que suscito la tragedia, llegó el padre con el corazón en la mano. Quizá será difícil expresar con frías palabras negras que es lo que sintió el padre en aquel momento. Lo único con lo que lo relacionaría es con el color negro.
Humberto es el nombre de su padre y es doctor. Valla cosas del destino. Cuándo llegó al lugar aplicó los conocimientos de primeros auxilios que aprendió durante toda su vida. Llegó el reto más difícil, salvar a su hija.
Al día siguiente las primeras planas de diarios limeños solo hablaban del caso. Declaraciones de ministros con las frases clichés: “Es una vergüenza”, “Se deben tomar cartas en el asunto”, “Mis condolencia para la familia. Cero propuestas de solución. Comentarios en todos lados en contra de lo sucedido. Todos vetaron al fútbol. El torneo se suspendió como medida de urgencia aquella vez. Se implementaron medidas contra la delincuencia disfrazada: Empadronamiento de hinchas, resguardo policial en partidos de fútbol, mayor controles de seguridad en los estadios y campañas en los medios de comunicación. Sin embargo, María no se despediría nunca más de sus padres aquella mañana y eso nada ni nadie podrá cambiarlo.






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